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  • Sala de Prensa

    Sala de Prensa

    • 14/05/2020 16:00
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      Filipinas
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      Cooperación para el desarrollo

      RED DE EXPERTOS AECID. Mindanao, paraíso quebrado, busca superar la violencia

      - Filipinas es un largo e inmenso archipiélago, más mar que tierra. El tercio sur, heredero de los antiguos sultanatos de Sulú y Maguindanao, actúa como nexo entre el Asia insular mayoritariamente musulmana y el tercer país con más católicos del mundo.

      - La deslumbrante diversidad cultural de Mindanao, no sólo anclada en identidades religiosas, ha conseguido sobrevivir a una guerra de décadas con múltiples frentes. La comunidad internacional tiene buenas razones e intereses para apoyar los procesos de paz, tan antiguos como los conflictos.

      - España ha mostrado su empatía con un país y unas gentes próximas en costumbres y lengua, a pesar de la distancia, a través de una estrategia propia de cooperación al desarrollo para la construcción de paz.

      ​Palafitos en la ciudad filipina de Zamboanga.

      Juan Pita. Manila.

      En torno a la gran isla de Mindanao, una treintena de culturas y lenguas se entrelazan en un territorio poco mayor que Andalucía. Este rincón de Asia se reconoce con orgullo en mil calificativos, entre ellos los de latina y mora.

      Los lumads son poblaciones indígenas anteriores a las influencias islámica y cristiana, como los Manobo o los T´boli. Se encuentran relegados en zona periféricas y montañosas donde han mantenido su cultura tras abandonar las tierras fértiles ocupadas por sucesivas migraciones.

      Los islamizados pueblos maranao, maguindanao, tausug, yakan, iranuns o sama, dominaron en su día la política y el comercio de Mindanao en secular contienda con la imperial Manila, como ellos la llaman. Hoy son mayoría sólo en cinco de las 22 provincias, reconocidas como como Bangsamoro, literalmente la tierra de los moros. También se encuentran, en minoría, en el resto de Mindanao y Filipinas superando 10 % de la población del país. No se trata de un grupo homogéneo ni étnica, ni lingüística ni culturalmente, aunque compartan una religión practicada con distintas tradiciones; los sama-bajao, por ejemplo, son nómadas del mar, mientras que los maranao son eficaces comerciantes de tierra adentro.

      La mayoría de la población cristiana que lidera la región desde las principales ciudades de Davao, Zamboanga y Cagayán de Oro procede sobre todo de Bisayas, pero también de Luzón, las otras dos grandes regiones del país.

      Montañas, lagos, humedales y cientos de pequeñas islas aún dominadas por culturas lumads y moras forman una especie de subconsciente geográfico colectivo donde se encuentra, y a veces se sueña, lo mejor y lo peor de la cultura nacional: la equilibrada relación con la naturaleza y la sabiduría ancestral, la poesía primera, conviven con la miseria, el contrabando, las industrias extractivas y la guerrilla islámica o comunista que lucha por controlar el territorio contra militares y paramilitares sin dejar escapatoria a los jóvenes. Se practica un heroísmo cotidiano, no narrado, que llega con frecuencia a dar la vida por amor, por la familia, por la comunidad, por la fe o por la patria. Pero también se mata o se manda a matar y a morir por nimios espacios de poder y dinero, por inercias sociales patológicas que la sociedad y el estado de derecho no ha conseguido aún superar.

      Mindanao mira al futuro con distintas visiones, como siempre, pero con la ambición común de una convivencia posible porque, de hecho, esa ha sido y es la norma entre las mayorías de todos los grupos culturales frente a la tiránica violencia radical de los menos. El diálogo intercultural e interreligioso es práctica cotidiana para quienes creen en él. Algo más difícil es el debate intra cultural e intra religioso para reducir las tentaciones y manipulaciones extremistas en cada grupo identitario desde dentro.

      El proceso de negociación de paz con las guerrillas independentistas islámicas, ya iniciado en los 70 con el Frente Moro de Liberación Nacional, MNLF, se ha acelerado en la última década llegándose a un momento de inflexión tras la firma en 2014 de un Acuerdo Básico entre el gobierno y el Frente Moro Islámico de Liberación, MILF, la más extendida fuerza armada islámica.

      El intento en 2017 de crear un califato islámico en la ciudad de Marawi unió a las hasta entonces divididas guerrillas más radicales como Abu Sayyaf o Maute bajo la marca y la orientación del ISIS, sumando además terroristas internacionales. Este califato ambicionaba ser el centro del Estado Islámico para el sudeste asiático. Indonesia es el país con mayor número de musulmanes del mundo y, al igual de Malasia y Brunei, está a pocas horas de navegación desde las islas filipinas de Tawi Tawi y Palawan que un día formaron parte de un mismo espacio político y cultural con la isla de Borneo en torno al Mar de Sulú.

      La batalla de cinco meses acabó en la total destrucción de la ciudad antigua provocando trescientos cuarenta mil desplazados y un número indeterminado de muertos, entre ellos 900 guerrilleros y 168 soldados.

      Paradójicamente, la presencia de ISIS y el desastre de Marawi han desbloqueado la postergada reforma política de la Región Autónoma del Mindanao Musulmán, ahora denominada Bangsamoro. Una nueva Ley Orgánica otorga a al MILF, reconvertido en grupo político, el liderazgo de un proceso de transición de tres años hasta la convocatoria de elecciones para el primer parlamento regional de Filipinas.

      Esta oportunidad para la paz no oculta las consecuencias de los sucesivos fracasos en la conciliación: más pobreza y miseria. Bangsamoro es la única región filipina donde la pobreza ha aumentado desde 2015, alcanzado el 61% de sus cerca de cuatro millones de habitantes en 2018. Con un PIB per cápita nominal semejante al de Haití, más del 45% de niños y niñas sufren malnutrición crónica, la mortalidad infantil es de 55 por mil y el 64% de la población no tiene acceso a saneamiento mejorado

      A pesar de la carga ominosa que expresan estos números, la luminosidad colorista y la dulce amabilidad de las gentes de Bangsamoro predomina en un paisaje natural que atesora en sus aguas y bosques una biodiversidad excepcional preservada por el aislamiento.

      La comunidad internacional ha acompañado el proceso de paz participando en instancias formales e informales de un complejo entramado de diálogos que han involucrado a decenas de países y organizaciones internacionales de la sociedad civil especializadas en resolución de conflictos y acción humanitaria.

       No hace falta ahondar mucho para descubrir la razón de este interés: la periferia de la periferia de nuestra jerarquizada aldea global se convierte en el centro cuando se trata de prevenir riesgos para la larga lista de bienes públicos globales como la paz, la salud o la diversidad biológica. Hoy somos, más que nunca, trágicamente conscientes de la necesidad de trabajar en todos los rincones del planeta para evitar pandemias. Bangsamoro es uno de los muy preocupantes nuevos focos de polio, por ejemplo.

      Nadie puede ser ajeno al destino de los que quedan atrás, porque así debe ser y porque se puede ir nuestra vida o la de nuestros hijos en ello.

      Aparte de las estrategias de seguridad y del diálogo político, tan imprescindibles como inciertas, la experiencia internacional adquirida en tantos conflictos, incluidos los de Filipinas, nos guía a actuar reduciendo el riesgo de violencia desde las políticas de desarrollo. Se trata de atajar los denominados conductores de la violencia. No hay duda de que la violencia encuentra terreno abonado entre quienes sufren una desigualdad extrema. Los fallos de la sociedad y del Estado en evitar la exclusión social, la marginalidad, la enfermedad, el hambre, la injusticia o la alienación cultural alimentan los conflictos. La violencia engendra violencia y se hereda como práctica entre víctimas de violencias sociales o políticas, incluidas la violencia doméstica y la de género.  Un ejemplo es el rido, especie de vendetta entre clanes que no tienen acceso a otras formas de resolver disputas familiares o de tierras y se transmite de generación en generación.

      Por eso la acción de la comunidad internacional está empeñada en apoyar el éxito de Filipinas en sus políticas inclusivas. Son las comunidades que sufren los conflictos las únicas que pueden identificas esos conductores de violencia activos en cada caso y las estrategias para atajarlos, pero necesitan respaldo y conexión con otras experiencias. El conocimiento internacional no es útil si no se inserta en la realidad local bajo el liderazgo de quienes saben de su tierra.

      En el apoyo de estas políticas de desarrollo trabaja Naciones Unidas, siempre falta de medios, a través de varias agencias como UNICEF, PMA, OCHA, ACNUR, PNUD o FAO junto a otros socios de cooperación como la Unión Europea, Japón, Australia, Noruega o Suiza, estos últimos altamente especializados en resolución de conflictos. Naturalmente los países vecinos y los países islámicos tienen un papel especial; Indonesia, Malasia, Singapur, Pakistán o Turquía están presentes entre otros muchos.

      Dentro de la modestia obligada por la limitación de recursos y la distancia, la Cooperación Española contribuye junto a los demás actores potenciando su valor añadido con una estrategia basada en la experiencia. Cumpliendo su mandato, busca asociarse con el país para alcanzar a la población más vulnerable. 

      Se trata, lo primero, de conocer y hacer conocer la evolución de las dinámicas sociales de estas crisis olvidadas para muchos, dentro y fuera de Filipinas. Si algo caracteriza a las poblaciones víctimas de conflictos es la falta de datos y la imprevisibilidad de las evoluciones. Hay que estar ahí, junto a las comunidades más afectadas, en el límite de donde se puede trabajar en desarrollo a pesar del conflicto, para saber qué pasa y entender las prioridades de las personas que requieren el apoyo de todos para salir del peligroso laberinto en que se encuentran.

      La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo ha trenzado durante décadas una red de alianzas que integra a todo tipo de actores involucrados (whole of society approach). Se trabaja en comunicación con más de treinta instituciones internacionales, nacionales y locales, públicas y privadas. En las 17 intervenciones activas participan directamente 25 organizaciones, incluyendo ocho ONGD españolas. Se trata de un sistema de intermediación virtuosa para derrumbar los muros de la exclusión. Para las instituciones españolas a veces no es posible ni siquiera visitar zonas próximas al conflicto, pero eso no impide llegar a través de otros socios.

      En medio de la muerte y el engaño, construir confianza es cambiar el juego para avanzar no sólo hacia la seguridad y la estabilidad, sino también hacia esa paz generada por el hábito de convivencia que los griegos llamaban Eirene y que se distingue de la pax romana, impuesta por la fuerza. Como se ha dicho en Filipinas, se trata de sustituir la fracasada política de guerra total, tantas veces aplicada en la historia de Mindanao, por la de justicia total.

      A través de esta plataforma de confianza, España contribuye a transformar la vida de mujeres indígenas que defienden el derecho humanitario internacional y los derechos humanos allá donde nadie más que ellas lo puede hacer; transformar la vida de miles de niños y niñas que se benefician de complejas estrategias para mejorar su acceso a agua, saneamiento e higiene y escapar de la desnutrición; transformar la vida de familias pescadoras en las paradisíacas islas sin extranjeros del oeste de Basilan, vecinas de la guerrilla de Abu Sayyaf, para imponer la fuerza social de su industria ante la piratería terrorista; transformar la vida a través de mejoras en las políticas locales de empleo para jóvenes que perdieron todo en la batalla de Marawi y están en riesgo de caer en redes mercenarias o de trata de personas; transformar la vida de vecinos y vecinas de barrios mixtos musulmanes y cristianos en Zamboanga que persiguen objetivos comunes utilizando aún hoy como lengua franca el español criollo o chabacano; transformar la vida de mujeres que quieren que su sufrimiento sea conocido y reconocido, fortaleciendo el multifacético sistema local de justicia e incluyendo la conciliación, el enfoque de derechos humanos y la justicia transicional

      Estas son acciones concretas con las que la cooperación oficial española contribuye a las políticas nacionales de construcción de paz en Filipinas junto a la Unión Europea, el resto de la comunidad internacional y Naciones Unidas. Gobernabilidad global y local colaboran para que lo mejor del Estado de derecho alcance a una parte de la ciudadanía que quedó marginada de los beneficios del rápido desarrollo económico del mundo y del país.

      No se trata sólo de reducir el riesgo para los bienes públicos globales, sino, sobre todo, de incorporar de forma justa la riqueza de las culturas y la biodiversidad de Mindanao en una visión común de un futuro mejor, unido en la diversidad. Un nuevo tejido social libre de pesadillas, creado sobre la pauta de un buen sueño al modo de los diseños maravillosos de las mujeres t´boli que, como en tantos otros pueblos, tejen de día lo que sueñan de noche.

       

      Juan Pita es Coordinador de la Oficina Técnica de Cooperación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) en Filipinas.

       

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