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  • Sala de Prensa

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    • 17/02/2020 10:00
      -
      Guinea Ecuatorial
      |
      Cultura y Desarrollo

      Obiang Asumu, del baile en las calles de Malabo a los teatros de Madrid

      La historia de Obiang Asumu, también conocido como Miguel Faustino o Jerry, un artista guineano de 22 años cuya vida cambió gracias al contacto que estableció con una compañía de danza española: La Phármaco.

      obiang cultura

      Era un impulso tan instintivo en él, que se recuerda bailando desde niño: "En los cumpleaños, en las casas o en las calles: a veces pidiendo dinero y a veces por diversión", recuerda Obiang Asumu, también conocido como Miguel Faustino o Jerry, un artista guineano de 22 años cuya vida cambió gracias al contacto que estableció con una compañía de danza española: La Phármaco.

      Gracias a la compañía, y, de manera muy especial, a su fundadora, Luz Arcas (Málaga, 1983), bailarina y coreógrafa , quien en una actividad formativa promovida por el Centro Cultural de España en Malabo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) conoció a Jerry y lo reclutó para algunos de sus proyectos.

      La colaboración de La Phármaco con el Centro Cultural de España en Malabo se inscribe en la estrategia de Cooperación Cultural de la AECID, que señala el papel que puede ejercer la cultura en la lucha contra la pobreza y la desigualdad y la mejora de las condiciones de vida y oportunidades de las personas. Dentro de esta política que subraya el importante papel que ejerce la cultura en el desarrollo de los individuos y las comunidades, y que viene desarrollando la Red de Centros Culturales de la AECID desde hace 30 años, La Phármaco acudió a Malabo para realizar un proyecto destinado a la profesionalización de los artistas en el ámbito de la danza, y no hay mejor prueba del éxito de tal actuación que lo sucedido con Jerry.

      Fue una alianza instantánea en que ambos dieron con un socio imposible en sus respectivos contextos. Ella buscaba lo que no hubiera podido encontrar en ninguna escuela de danza española. Un movimiento no moldeado por la disciplina del aprendizaje de los conservatorios, libre y espontáneo y personal, un tipo de danza primigenia que sólo podía darse allá donde el artista hubiera crecido de forma ajena a cualquier consigna o escuela, guiado tan sólo por una intuición innata, y Jerry no conocía otra forma de bailar, y además no quería hacer otra cosa con su vida. "Es lo que he querido hacer siempre", dice, al recordar una inclinación que ya tenía desde la infancia, aunque ahora, tras su contacto con La Phármaco, le haya granjeado una popularidad tan grande que le reconocen por la calle.

      Su trayectoria no podía ser más alejada a la del resto de integrantes de cualquier otra compañía. Tan parecido es para Jerry el baile a una ceremonia de posesión, como si actuara espoleado por el público a su alrededor, que admite que en un principio no entendía el protocolo del ensayo: "Nunca había bailado sin público", dice Jerry, para ilustrar su manera tan personal de entender la danza, como si fuera un ritual colectivo en que Jerry sacara su energía de las miradas de los corrillos callejeros y familiares que lo rodeaban, muy distintos a los focos de los teatros madrileños.

      Fue algo más que un sueño conseguido: su inicio en la profesionalización de la danza supone el cumplimiento de un presagio familiar, pues como casi todos los artistas Jerry tuvo que enfrentarse a las tensiones que provocaba sus inclinaciones creativas desde niño. En su casa, su abuela apoyaba su vocación, mientras que su madre se oponía y quería que apostara por los estudios, y en las discusiones domesticas un día la abuela lanzó su profecía: "Un día te dará de comer", advirtió. Y lo cierto fue que lo ha hecho: no sólo ahora, sino que muchas veces Jerry trajo a casa dinero que obtenía con las propinas que le daban por sus bailes improvisados.



      La muerte de su abuela, que sucedió cuando él tenía nueve años, no impidió que persistiera en su empeño, hasta que finalmente se produjo el encuentro con Luz Arcas. Fue en 2016, cuando La Phármaco viajó a Malabo para desarrollar un proyecto a través del centro cultural de la AECID. Desde entonces, Jerry ya ha hecho dos viajes a España, y ha actuado dos veces en los Teatros del Canal, un lugar reservado para los artistas más destacados que trabajan en nuestro país.

      Se trata de uno de los muchos casos en que, gracias a los vínculos establecidos a través de los centros culturales de la AECID, que actúa como enlace entre creadores españoles y locales, o entre artistas consagrados y otros emergentes, los lazos establecidos entre ellos se prolongan más allá de su participación en el centro.

      Él agradece el azar que le puso delante a Luz Arcas, que ha querido integrar su fuerza natural en la danza contemporánea: "Me ha ayudado a relajar mi cuerpo, a bailar menos tensamente, a sacar ideas", dice, sobre este largo viaje que empezó de forma tan inconsciente, que ni él mismo sabe señalar cuál es su origen concreto, ni si fue un deseo sólo suyo o si lo avivó también la complicidad de su abuela, pero un viaje encontró en todo caso caminos inesperados gracias a La Phármaco. Y cuya sociedad confía en que les depare todavía muchas alegrías juntos en adelante.

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